El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Elena Rayner dejó caer la labor en su falda y levantó la cabeza, poniéndose a mirar pensativamente a través de la ventana los campos pelados y amarillos de su tío.
Hacía un día de invierno soleado pero muy frío. El viento helado que bajaba de las montañas nevadas penetraba en la carne como un cuchillo. En los lugares menos expuestos al frío apiñábanse los animales, aguardando pacientemente el fin de la estación invernal. El viento arrastraba por las llanuras la nieve finamente pulverizada.
El interior del rancho de Auchincloss ofrecía todas las comodidades deseables, con sus paredes de ladrillo, sus múltiples cortinas de diversos colores y su gran chimenea de piedra, donde se mantenía constantemente un fuego que templaba los rigores de la temperatura.
Rayner estaba sentada junto al fuego, bien arrellanada en su salón y puesta toda su atención en el libro que tenía en sus manos. Junto a ella estaba Pedro tendido en el suelo con su cabeza entre las patas, buscando el calor de la lumbre.
—¿Ha llamado el tío? —preguntó Elena, saliendo súbitamente de su ensimismamiento.
—No lo he oído —contestó Bo.
