El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Beasley no tiene ningún derecho sobre mi hacienda. Mi tÃo lo juró en su lecho de muerte. Nada he hallado tampoco que justificara estas pretensiones en los libros y papeles correspondientes a la época en que Beasley trabajaba con mi tÃo. En realidad nunca fueron socios. Lo único cierto es que mi tÃo recogió a Beasley, cuando éste no era sino un joven pobre y desvalido, y le dio la mano, proporcionándole trabajo y ayudándole, por pura bondad de corazón.
—Eso es lo que me ha dicho también mi padre —confirmó Roy—. Pero la verdad y la justicia no siempre prevalecen en este paÃs.
—Roy, usted es el hombre más perspicaz que he encontrado desde que estoy en el Oeste. DÃgame sin rebozo que espera ha de ocurrir —solicitó Elena.
Era indudable que Beeman se sintió halagado; pero titubeó antes de contestar, aun cuando conocida era ya de Elena la natural reserva del muchacho.
—Si Dale y John llegaran aquà a tiempo, creo que entre todos podrÃamos frustrar los planes de Beasley.
—¿Cree usted que mi gente resistirÃa a la suya, rechazarÃa sus pretensiones, y, en caso necesario, lucharÃa en defensa de mis derechos?
—Exactamente.