El Hombre del Bosque

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Elena quiso hablar, pero no pudo. Roy le había recordado el amor de Dale, y esto había cambiado la dirección de sus pensamientos. Olvidó la causa de sus principales inquietudes. Ni siquiera pudo mirar a Roy.

—No le apene lo que pueda ocurrir —añadió Roy—; usted no tiene la culpa de nada. Su llegada al Oeste no ha cambiado para nada los planes de Beasley; lo único que ha hecho es hacerle sentir ganas de precipitarlos. Mi padre tiene muchos años y recuerda hechos y sucedidos muy antiguos. Por él he podido enterarme de cosas que Beasley tiene interés en ocultar. Los suyos no sois tan antiguos en el Oeste y, por consiguiente, creo que usted no debe temer. A usted, además, no han de faltarle amigos y partidarios.

Elena musitó las gracias al mormón y, sin girar su acostumbrada visita de inspección a establos y corrales, entro en la casa con la preocupación retratada en la cara y con el pecho lleno de sentimientos que no era capaz de dominar. Roy Beeman le había dicho algo que le hizo perder la dirección de sus sentimientos. A la vez con agrado, con sorpresa y con temor había escuchado de labios de uno de los mejores amigos de Dale, que el cazador la amaba. Ya ella lo había adivinado; pero oírlo de labios de un hombre que podía saberlo era diferente. El amor de Dale ya no era sólo un sueño, una fantasmagoría, un secreto que nadie más que ella poseía.


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