El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Morirme de ganas! No tanto, Bo. Claro que deseo ver la nieve derretida, y la primavera más adelantada, y la vuelta del buen tiempo con sus fragancias, y sus aves canoras, y sus flores.
—¡Ja, ja, ja! ¿Crees que soy tonta, Elena? ¡La vuelta de la primavera! Claro que sÃ, porque, según dicen los poetas, en primavera las fantasÃas de un joven fácilmente se truecan en pensamientos de amor.
Elena miró las pálidas estrellas a través de la ventana.
—Elena, ¿no has vuelto a verle desde el otro dÃa? —preguntó Bo, no sin que le costara formular la pregunta.
—¿A quién me preguntas si he visto?, —necesitó Elena que su hermana le precisara.
—¿A quién ha de ser? ¡A Tom! —declaró Bo, profiriendo esta última palabra precipitadamente.
—¿Quién es Tom? ¡Ah, sÃ, Las Vegas quieres decir! Efectivamente, le he visto.
—¿Te ha preguntado por m�
—Creo que sÃ. Me preguntó cómo seguÃas, si la memoria no me es infiel.
—¡Oh, Elena, advierto que no siempre me dices la verdad!