El Hombre del Bosque

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—Tal vez sí; pero nunca lo sabrá a ciencia cierta, porque yo no he de decírselo.

—Aunque usted guarde su secreto, no es probable que Riggs pueda durar mucho tiempo por aquí.

—Con tal que dure hasta que yo recupere la salud, basta.

—¡Siempre los mismos!, no cambiarán ustedes nunca. ¡Son ustedes cowboys y necesitan sangre! —murmuró Elena.

—¡Qué remedio, señorita Elena! Yo soy de todos modos como Dale, nada tengo de camorrista; pero en esta tierra rige una ley no escrita que nos obliga a todos a exigir ojo por ojo, diente por diente. Yo creo en Dios y mi religión me prohíbe matar a un semejante; pero Riggs tiró primero sobre mí y es menester que yo obtenga el desquite.

—Roy, yo soy una débil mujer, y mi corazón no podrá nunca comprender estas crueles costumbres del Oeste.

—Espere a que le ocurra algo grave. Supóngase que Beasley entra en su casa y la agarra a usted con sus viles manazas y después de abusar de usted la arroja de casa, o que Riggs la acogota en una esquina solitaria con intenciones perversas.


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