El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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¡Con que alegría le vio Dale poner el caballo al trote y llegar poco después al pinar, y, en seguida, al campamento!

—¡Hola! ¡Seguro que no me esperabas! —gritó John agitando el sombrero.

Si cordial fue el saludo del recién llegado, no menos cordial y afectuosa fue la acogida que Dale le dispenso, jinete y caballo llegaban cubiertos de sudor y barro, fatigados y con signos evidentes de haber llegado hasta allí a marchas forzadas.

—No te esperaba, ciertamente. ¡Qué alegría verte por aquí! —exclamó Dale.

Estrecháronse las manos sin que John se dispusiera a desmontar. Sus ojos claros e inquisitivos se clavaron un instante en los del cazador.

—¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? —le preguntó.

—¿Por qué?

—Estás desconocido. ¿Has estado enfermo? ¡Quién te habrá podido cuidar en estas soledades!

—¿Tengo cara de enfermo?

—Sí; estás pálido, ojeroso. ¿Qué te ocurre?

—He trabajado mucho.

—Tal vez sea eso. Exceso de trabajo. Milt, has de tener más miramientos con tu persona; de lo contrario, acabarás pronto.

—Mi enfermedad está aquí, John —dijo Dale llevándose la mano al lado izquierdo del pecho.


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