El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Se quedó un rato inmóvil contemplando las campanillas azules diseminadas por el suelo delante de sus pies, mientras en su cabeza se desencadenaba una verdadera tormenta de pensamientos encontrados; pero predominando pronto las nuevas tendencias de abnegación y altruismo, la tempestad se calmó al rechazar Dale de su mente todos los pensamientos egoístas de retiro y soledad. Al levantarse, enérgico y resuelto, parecía otro hombre. La expresión morbosa de amargura y melancolía que John había advertido en él, había desaparecido completamente de su cara. La gran crisis espiritual había terminado. No quería detenerse en analizar los motivos que hubiera podido tener Roy Beeman para asegurar lo que tanto le alborozaba; pero bastábale la insistencia de John para darse cuenta de que no podía expulsar de su pecho la esperanza.
Montados en sus más fuertes caballos, con sólo un ligero paquete, un hacha y sus armas, los dos hombres llegaron a la zona donde empezaba la nieve, a eso del mediodía; Tom, el puma domesticado, les iba a la zaga.