El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Dale sentía una extraña emoción a medida que se alejaba de sus amadas selvas. Era un placer para sus sentidos el murmullo de percepciones que le brindaban los colores, el ambiente y la vida de los bosques que atravesaban después de las muchas crisis que acababa de vivir durante el pasado invierno, sin que el sol, ni el viento, ni las nubes, ni el olor de los pinos, ni nada pudiera sacarle de su marasmo. Su mente, su corazón, su alma, parecían embriagarse en anticipadas alegrías, mientras sus ojos, sus oídos, su nariz, se deleitaban con los olores, los sonidos y los aromas de la selva. Vio un objeto oscuro a lo lejos, parecido a un tronco en movimiento, y reconoció inmediatamente en aquella figura imprecisa el cuerpo hirsuto de un oso. Vio gamos y coyotes, zorras y pavos. Vio claras huellas de animales que en otra ocasión hubiera deseado cazar. Oyó los gorjeos y las notas melancólicas de los pájaros, el susurro del viento, la caída de los pinochos, los chillidos de las ardillas, el murmullo del agua y el grito del águila mezclándose con las pisadas de los caballos.
Los olores eran fragantes y embriagadores. La fuerza de la primavera saturaba el aire de esencias silvestres. Era una delicia aspirar el aire perfumado.
—Siento olor a humo —dijo Dale de pronto deteniendo el caballo y volviéndose para oír la opinión de su compañero.
John, a su vez, olfateo el aire.