El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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A bastante altura, en la montaña, en un lugar en donde Ranger encontró hierba para pacer y agua para beber, se aprestó Dale a pasar la noche. Economizaba el alimento, dando a Tom una ración más abundante de lo que él mismo se permitía comer en relación con el hambre y las necesidades de cada cual. Hecho un ovillo a los pies de Dale, el puma no tardó en dormirse. Dale, en cambio, tardó bastante en conciliar el sueño. Ningún ruido interrumpió el silencio de la noche. Únicamente oíase el débil gemido del viento, en los árboles. En las estrellas creyó Dale leer promesas halagüeñas. No le prometían precisamente la salvación de la hermana de Elena, pero le aseguraban algo grato y venturoso para el futuro. Más que un pensamiento vago e impreciso, llegó a constituir esta esperanza una verdadera seguridad, incompatible, sin embargo, con cualquiera de los planes que su mente formara. Detrás de estas promesas y estos planes surgía todo el conocimiento que él tenía de la selva: sus Distas, sus olores, sus sombras, sus animales, los hombres que se atrevían a penetrar en ella, los bosques solitarios y su puma domesticado, obediente a su voluntad soberana.

Con estos pensamientos fue durmiéndose, lejos de su espíritu toda duda en cuanto al feliz resultado de su magno y difícil empeño.


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