El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Shady Jones había partido muy de mañana a llenar los odres de agua y no había vuelto todavía. Anson, más delgado, largo y escuchimizado que nunca, jugaba una partida de cartas con Moze. En vez de dinero, los jugadores se valían de botellas, cada una de las cuales representaba la cantidad de tabaco necesaria para llenar una pipa. Jim Wilson, apoyado en un cedro, lanzaba frecuentes miradas a Riggs, como si le bastaran los ojos para entenderse con él. Riggs, sin chaqueta, ni sombrero, paseaba nerviosamente de derecha a izquierda, con sus pantalones de paño negro y su chaleco bordado rasgados. De su cinto pendía, por debajo de la cadera, un revolver. Era evidente que sus pensamientos eran agitados y poco tranquilizadores. Su cara estaba cubierta de sudor, sin estar colorada. No sentía el sol ni las moscas. Su mirada, vaga e incierta, se dirigía frecuentemente hacia el cedro, bajo el cual estaba sentada la joven cautiva, a pocos metros del bribón.

Bo Rayner tenía los pies atados con una cuerda cuyo extremo había quedado en el suelo. Sus manos estaban libres. Su traje, alado y sucio. Sus ojos brillaban retadores en su cara pálida y serena.

—Harve Riggs, no querría yo encontrarme en su pellejo por nada del mundo —dijo sarcásticamente.

Riggs fingió no haber oído.

—Lleva usted muy mal prendido el revólver. ¿Por qué lo luce, si no sabe usarlo? —añadió.


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