El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Dale bajo la escopeta. Wilson bajo las manos y se interno por el bosque de piteas, atravesó luego el barranco en dirección del campamento; una vez allí, a la vista de sus compañeros, su voz y sus ademanes cambiaron de expresión.
—¿Se han ido muy lejos los caballos, Jim? —preguntó Anson recogiendo las cartas.
—Ciertamente, parecen asustados —repuso Wilson—; cualquiera diría que huelen la proximidad de alguna fiera.
—Algún osezno quizá —murmuró Anson—. Jim, no pierdas de vista a estas cabalgaduras, pues nos veríamos en un verdadero aprieto si perdiéramos alguna.
—No parece sino que no hay en el campamento otra persona para hacer todos los trabajos —murmuro Wilson—. Mientras vosotros no hacéis sino jugar a cartas, yo he de andar tras los caballos, he de traer agua, he de buscar leña, he de atender el fuego, he de preparar la comida, he de lavar la ropa.
—¿Qué culpa tenemos nosotros de que seas tú el que mejor hace todas esas cosas? —repuso Anson.
—Jim, desde que estás enamorado te escuece demasiado el trabajo —dijo Shady Jones con una sonrisa que atenuaba la acritud de sus palabras, coreadas por los bandidos con estrepitosas carcajadas.
—Si no fuera por mí, a muchacha habría muerto de hambre.