El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque El bandido se separo de ella con aire de gran indiferencia, empezando a silbar una canción mientras atizaba el fuego y le añadÃa nueva leña, antes de entregarse a los preparativos de la comida. ParecÃa tener el espÃritu completamente pendiente de lo que hacÃa: pero su atención estaba, en realidad, más alerta en todo lo que sucedÃa en el campamento. Vio a la muchacha salir de su escondrijo con el cabello caÃdo delante de la cara. Los bandidos, sin embargo, tardaron un rato en fijarse en ella.
—¡Mal rayo me parta si estas cartas no están embrujadas! —vociferó Anson, furioso de no haber tenido un solo momento de suerte.
—La culpa del burro no se eche a la albarda —replicó Shady Jones—: no son las cartas, es usted el que juega mal, patrón.
—Está usted distraÃdo todo el rato —aclaro Moze lacónicamente.
—Muchachos, quizá tengáis razón —declaró Anson con disgusto—. No sé lo que me pasa. Las cosas van cada vez peor; desde el último otoño. No culpo a nadie. Yo soy el patrón; ya sé que la culpa es mÃa.