El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Nuestros caballos se han escapado. ¿No los habéis oÃdo? —preguntó pálido por la contrariedad.
—Patrón, no podremos desandar lo andado ni en diez años —declaró Moze.
La noche se presentó oscura, lúgubre, tenebrosa, sin una sola estrella en el firmamento. El viento soplaba lanzando mil gemidos. El arroyo no susurraba manso y suave como de costumbre, sino bronco y fatÃdico. El rumor de sus aguas variaba: tan pronto era un sonido débil y apagado, como un sonido hueco y trepidante como el de una cascada. Las rocas próximas no se veÃan y, sin embargo, parecÃan mostrar mil caras extrañas. Los pinos gigantes parecÃan moverse como espectros en la noche. Las sombras eran espesas, tétricas, misteriosas. Las llamas de la hoguera dibujaban en las caras de los bandidos sombras fantásticas. Uno tras otro, los bandidos, como obedeciendo a una consigna, removieron los leños para lograr que ardieran alegremente, como de costumbre. Pero no lo lograron. Aquella noche las llamas no despedÃan un resplandor normal. Apenas se alimentaba el fuego con nueva leña, ardÃa ésta con vivÃsima llama que consumÃa los troncos con gran rapidez, dejando otra vez el campamento en la penumbra.