El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Todo no habían de ser rosas en su camino hacia el Oeste. Riggs la seguiría por doquier sin detenerse ante ningún escrúpulo de conciencia con tal de lograr sus fines. Abandonada a sus solas fuerzas y únicos recursos sintió más que nunca toda la debilidad de una mujer. Estos sentimientos, sin embargo, incompatibles con su orgullo y ardiente temperamento, no persistieron mucho tiempo en su espíritu. La fortuna había llamado a sus puertas y ella no tenía por qué temer nada. No habría sido la sobrina de Al Auchincloss si hubiera temblado. Cuando salió de Saint Joseph, había tomado la firme resolución de tener valor en todos los trances de la vida y ser en toda ocasión una digna habitante del Oeste. Habían de constituirse nuevos hogares en aquel lejano país. Así se lo había escrito su tío Al. El Oeste necesitaba mujeres. Medito las palabras con que le despediría si él se atrevía a acercarse a ella, y tomó la resolución de no acordarse más del importuno galán. Elena aprovechaba la rápida marcha del tren para contemplar a través de las ventanillas el paisaje soberbio y encantador. Vio el rojizo sol coloreando las lejanas cordilleras de Nuevo Méjico. Bo expresaba su entusiasmo con exclamaciones y palmoteos, y apenas el astro diurno se había ocultado tras los montes, Bo pidió a su hermana que le permitiese abrir la cesta de la merienda.



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