El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Encima de ellos, desde algún lugar exterior al círculo iluminado por la hoguera del campamento, sonó otro quejido, el más terrorífico y espeluznante de cuantos hasta entonces se habían oído a causa de su proximidad. Los bandidos se quedaron convertidos en estatuas de piedra, inmóviles y sin sangre en las venas. El caballo de Anson retrocedió y lanzando un estridente relincho procuró desprenderse de su dueño con un tremendo salto, arrastrando a Snake Anson. Wilson se apartó a tiempo de no ser arrastrado; pero Anson no pudo evitar un golpe fatal porque, al caer el caballo sobre él, se oyó un lamento, un quejido de dolor que no dejó a los bandidos duda alguna sobre la gravedad del mal. Wilson se acercó en seguida a Snake.
—Venid a ayudarme, compañeros —exclamó.
Los tres hombres ayudaron a Wilson a apartar el caballo y atarlo a un árbol. Una vez hecho esto volvieron a acercarse a Anson, que yacía en el suelo sin poder valerse, dando quejidos.
—No cabe duda de que está herido —dijo Wilson.
—El caballo ha caído encima de él y este animal es grande y gordo —aseveró Moze.
Los tres bandidos se agacharon alrededor de su capitán, en cuya cara retratábase el dolor en la oscuridad; la respiración era difícil y fatigosa.