El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —No importa, vayámonos —insistió Moze—, yo montaré dirigiendo el camino; tengo buena vista; los demás pueden ir a caballo, repartiendo la impedimenta entre las cabalgaduras que nos quedan. Luego, cuando sea de dÃa, volveremos a buscar el resto de la impedimenta.
—¿Qué dices tú a esto, Jim? —preguntó Anson.
—Me parece una gran idea —declaró Jim.
—El alarido ha salido de las fauces de un felino —opinó Anson—, aun cuando en mis oÃdos ha sonado como el grito de una mujer.
—Snake, ¿es verdad que tú has visto a una mujer aquà últimamente? —preguntó Wilson.
—Es cierto, sÃ, era la muchacha —aseguró Anson, aun cuando era indudable que no podÃa menos de abrigar sus dudas sobre este asunto.
—Tú la habÃas visto antes enloquecer, ¿no es verdad?
—Asà es, efectivamente.
—Y cuando tú fuiste a inspeccionar el cobijo, ¿no la hallaste en él?
—No la hallé.
El argumento de Wilson parecÃa incontestable. Shady y Moze asintieron, asustados. Anson bajó la cabeza.
—No importa si la vuelvo a oÃr… —y se calló súbitamente, sin atreverse a concluir la frase.