El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—No, el esternón está completamente sano —dijo Wilson con voz esperanzada; pero continuando su examen alrededor del tórax advirtió con pena que las costillas estaban rotas por ambos lados, prueba evidente de que el cuerpo del caballo había aplastado al pobre Anson. La sangre que manaba de la boca del herido y la dificultad dolorosa de la respiración era prueba evidente de que las astillas del hueso le habían penetrado en los pulmones, produciéndole una herida inevitablemente mortal—. Amigo, tienes una o dos costillas rotas —añadió Wilson.

—¡Oh, Jim, algunas más deben de ser! No puedo respirar, mis dolores son horribles.

—Ya se te irán aliviando —repuso Wilson, tratando de animar al compañero.

Moze se aproximó a Anson para examinar de cerca aquel rostro demacrado, aquellos labios sanguinolentos y aquellas manos marmóreas.

—Shady, esto es cuestión de pocas horas, vayámonos de aquí —dijo al oído de su compañero.

—Tienes razón, vayámonos —respondió Jones.

Marcháronse ambos, desatando sus dos caballos para conducirlos a donde estaban las sillas. Pronto les pusieron las mantas encima de los lomos, los ensillaron y les apretaron las cinchas. Anson miraba fijamente a Wilson, comprendiendo la intención de sus subordinados. Wilson permanecía silencioso al lado de su amigo.


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