El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Por raro e incomprensible que pareciese, la verdad era que Elena vio partir a Dale, olvidando los peligros que iba a correr y el servicio vital que iba a prestarle, para no pensar sino en el cúmulo de sentimientos desconcertantes y tumultuosos que invadieron su pecho cuando ella le paso los brazos alrededor del cuello.
No importaba que Dale, tan caballero siempre en su rusticidad, le hubiera evitado la ocasión de avergonzarle dando al abrazo la interpretación que él le dio. El hecho de haberle abrazado bastaba. ¡Qué difÃcil le era comprender sus impulsos una vez realizados los actos! Lo más extraño del caso es que Elena estaba convencida de que cuando Dale volviera con su hermana, volverÃa a abrazarle.
—Esta vez seré más franca —se dijo ruborizándose. Elena siguió a Dale con la mirada mientras le alcanzó con la vista.
Cuando quedo sola, el fastidio y el temor substituyeron a la otra emoción. Antes de cenar, empaqueto los libros, papeles, ropa y objetos de valor, para que los acontecimientos no le cogieran desprevenida. De este modo, si tenÃa que abandonar rápidamente la casa, por lo menos podrÃa llevarse consigo los objetos más interesantes.
