El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Estas ideas obsesionantes la atormentaban menos durante el día, distraída como estaba por los quehaceres cotidianos. A la mañana siguiente, poco antes del mediodía, un grito inesperado la saco de sus cavilaciones. También se oyó el cercano galopar de los caballos. Desde la ventana vio una densa humareda.
—¡Fuego en uno de los almiares! Alguno de esos tercos mejicanos, con sus sempiternos cigarros en la boca, seguramente —murmuró.
No le faltaban a Elena ganas de salir a saber lo que pasaba; pero había resuelto quedarse en casa. Tan sólo cuando los pasos sonaron en el mismo soportal del rancho y se oyeron golpes en la puerta, Elena se decidió a abrir la. Cuatro mejicanos la rodearon. Uno de ellos, rápido como el pensamiento, la agarro con una mano y la sacó de casa de un violento tirón.
—No pensamos hacerle daño, señora —dijo—; pero es menester que salga inmediatamente de aquí.
Elena no necesitó que le dijeran quien les enviaba. En sus conjeturas no había llegado, sin embargo, a calcular que Beasley pudiera someterla a tal ultraje. Su sangre se rebelaba contra su infame villanía.
—¿Cómo se atreven ustedes? —exclamó haciendo grandes esfuerzos por dominar su cólera.