El Hombre del Bosque

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Pero la dignidad, la voz, la razón y la calidad de la persona nada significaban para los mejicanos. Todos se burlaron de ella. Uno imitó el gesto del primero, colocándole, a su vez, la mano encima. El contacto la hizo estremecerse de asco e indignación.

—¡Suelte usted! —ordenó furiosamente.

E instintivamente empezó a luchar por libertarse, Al verla tan brava, los otros mejicanos acudieron en auxilio del que la tenía asida, sujetándola entre todos. Entonces conoció todos los impulsos de la sangre cálida de Auchincloss. Ella, que había resuelto varias veces no perdería más, y por ningún motivo, el continente digno de mujer civilizada, luchó en aquella ocasión como una tigresa. Gran trabajo costó a los mejicanos vencerla, hasta que por fin, levantándola, pudieron entre todos separarla de la casa. La transportaron, como si fuera un saco de trigo, hasta la mitad del camino, en donde la dejaron sin miramiento alguno.

Elena les vio dirigirse a la puerta del rancho, dispuestos a impedirle a ella la entrada. Convencida de la inutilidad de otra cosa se dirigió a la aldea. Tan trastornada estaba, que le parecía tener una densa neblina ante sus ojos. El camino hasta la casa de la viuda Cass le pareció interminable. Al llegar allí, la buena anciana la recibió con lágrimas en los ojos, Débil, afectada, enferma, Elena se dejó caer en un sillón de la selva.


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