El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Poco a poco fue recuperando la serenidad. Roy, más blanco que el papel, la miraba con ojos interrogadores. La anciana le dirigÃa palabras de consuelo mientras la ayudaba a poner en orden su desgarrado vestido y su cabello.
—Cuatro mejicanos se han apoderado de mÃ, arrojándome del rancho y empujándome hasta la mitad del camino —explicó, jadeante.
ParecÃa decir esto para sincerarse ante sà misma del temblor furioso que habÃa impreso en su cuerpo la cólera que se habÃa apoderado de ella.
—¡Si llego a tener un revólver, los mato!
Profirió este aserto con voz frÃa y segura, y con sus ojos, secos y encendidos, puestos sin temblar en sus amigos. Roy adelantó una mano para coger una de las de Elena. Pronunció toscamente algunas palabras; pero Elena apenas si penetró veladamente su alcance y su sentido. Arrodillada al lado de la joven, la solÃcita anciana procuraba coserle, con sus manos temblorosas, los jirones del vestido. Poco a poco fue dejando de temblar, serenándose y recuperando su acostumbrada dignidad y compostura, hasta llegar a avergonzarse de haber sentido impulsos de tigresa en sus venas.
—¡Oh señorita Elena! —le dijo la viuda Cass al verla tan demudada y descompuesta—. Creà que estaba usted herida.