El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Elena miró con sorpresa las erosiones de sus manos, la media caída y arrugada en torno de su tobillo y el desgarro de la blusa, que había puesto al descubierto el hombro níveo ante las miradas lascivas y soeces de los cuatro brutos.

—He salido completamente ilesa de la refriega —aseguró.

Roy recuperó algo el color, y la expresión de fiereza de su mirada dejó paso únicamente a otra más suave de prevención y amabilidad, que le caracterizaba.

—Aún podemos felicitarnos, señorita Elena, de que haya salido usted tan bien librada. Lo que conviene ahora —dijo Roy— es que no se deje amilanar por lo sucedido y que nos permita a sus amigos arreglarle los asuntos tal como se ventilan aquí, sin que deje por eso de amar al Oeste, lo mismo que lo amaría si no fuese tan truculento.

Elena no adivinó sino a medias la significación de estas palabras; pero esto bastó a sumirla en un mar de cavilaciones. El Oeste era un país tan hermoso como sangriento. En las caras de sus amigos empezaba ella a columbrar la verdad dura y cruel de un porvenir de lucha continua e inclemente.

—Por lo que más quiera, cuéntenos con detalle todo lo sucedido —importunó la viuda Cass.

Accediendo a este ruego, Elena contó, con los ojos cerrados, la brutal escena, sin perder detalle.


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