El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Mira, mira! —exclamó Bo, entusiasmada—, cowboys. ¡Oh!, mira Elena, cuántos cowboys.
Elena miro primeramente a su hermana y pensó, riendo, cuán bonita y atractiva era.
Bo era pequeñita, tenÃa el pelo color castaño y los ojos azul oscuro. Su mirada era viva, picaresca, expresiva.
En el andén de la rústica estación habÃa varios empleados, algunos mejicanos y un grupo de cowboys, altos, delgados, con cara simpática y mirada franca. Uno de ellos, sobre todo, resultaba particularmente interesante por su buena figura, su rostro atezado, su pistola que le colgaba del cinto y las enormes y brillantes espuelas. Este cowboy se dio, evidentemente, perfecta cuenta de la admiración que habÃa provocado en Bo, porque diciendo unas palabras a sus compañeros se dirigió directamente a la ventanilla junto a la cual estaban sentadas las muchachas. Su paso era lento, vacilante casi, como si no tuviera mucha costumbre de andar. Las grandes espuelas sonaban rÃtmicamente a tenor de sus pasos. Se quito el sombrero y se detuvo sonriendo tÃmidamente.
—Buenos dÃas —dijo con amable acento—, ¿puede saberse adónde se dirigen ustedes, señoritas?
—Vamos a Magdalena, en donde tomaremos la diligencia para Montañas Blancas —contestó Elena.
La mirada fija y serena del cowboy mostró sorpresa.