El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Un paÃs de apaches, señoritas —dijo—, mal paÃs para ustedes. ¿Son ustedes parientes de los mormones?
—No, somos sobrinas de Al Auchincloss —respondió Elena.
—El Oeste necesita mujeres. He oÃdo hablar de Al, un antiguo ganadero de Arizona. ¿Cree usted que si yo fuera a pedirle un empleo me lo darÃa?
Era imposible resistir su sonrisa sin sonreÃr al mismo tiempo; era imposible hablar con más franqueza que aquel hombre. La mirada que dirigió a Bo agradó a Elena. En aquellos dos últimos años Bo se estaba poniendo cada dÃa más bonita y atraÃa todas las miradas de admiración de los hombres. Aquel cowboy la miraba con complacencia al mismo tiempo que con respeto e interés.
—Mi tÃo me dijo una vez en una carta que nunca tenÃa bastantes hombres para trabajar en su rancho —contestó Elena.
—Pues no dejare de ofrecerle mis servicios.
—Tal vez mi hermanita hable en favor de usted a mi tÃo Al —dijo Elena.
En aquel momento el tren se puso lentamente en marcha. El cowboy dio algunas zancadas al lado del vagón con su cara juvenil casi pegada a la ventanilla mirando con ojos entre atrevidos y discretos a la encantadora Bo.
—Adiós, simpática —le dijo.