El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Vaya, ya has hecho una conquista! —exclamó Elena entre complacida y disgustada.
—¿Verdad que es simpático? —repuso Bo ruborizándose.
—SÃ, no puede negarse.
Era indudable que Bo sentÃa deseos de sacar la mano por la ventanilla para despedirse por última vez del cowboy, pero no se atrevió sino a asomar un poco la cabeza para echar una última y furtiva mirada.
—¿Crees que irá a pedirle el empleo al tÃo Al? —preguntó Bo.
—¡Qué esperanza, niña! Eso lo ha dicho solamente en broma.
—Pues yo apostarÃa, Elena, que no faltará. ¡Cuánto me gustará verle por allá! Me gustan los cowboys; no se parecen en nada a ese Harve Riggs que te persigue.
Suspiró Elena, en parte porque recordaba al latoso pretendiente, y en parte porque el porvenir de Bo le preocupaba seriamente. Elena tenÃa que ser a la vez para su hermana una madre y un ángel custodio.
Uno de los empleados del tren llamó la atención de las muchachas hacia una verde montaña cuya cúspide era de pura y desnuda roca diciendo que se llamaba Starvation Peak y contando cómo los indios sitiaron una vez en aquel paraje a los españoles matándolos de hambre.