El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Estas palabras lograron que renaciera la esperanza en el pecho de Elena; pero la hicieron estremecer al mismo tiempo por lo que tenían de presagiadoras de los peligros que tendría que correr Dale en Pine.
Durante la tarde del quinto día, la siesta de Elena fue interrumpida de súbito. El sol estaba ya casi en el ocaso. Oyó voces y exclamaciones de alegría de la viuda Cass, unas palabras que hicieron saltar su corazón de alegría y una risa jubilosa y feliz. Oyó también pasos y pisadas de caballo. Era Dale que volvía con Bo. La emoción le quito las fuerzas hasta el punto de no tenerlas siquiera para ponerse en pie. El corazón le palpitaba con tuerza inusitada, como si quisiera salírsele del pecho. Un gozo dulce y perfecto inundo súbitamente su alma. Dio gracias a Dios por haber oído sus plegarias. Recuperando repentinamente las fuerzas, salió precipitadamente al encuentro de los recién llegados.
Roy Beeman también se adelanto a recibir a Bo y a su salvador, como si nunca hubiera recibido un tiro.
—¡Hola, Roy! ¡Con cuánta alegría te veo!, —fueron las primeras palabras de Dale.
¡Qué sedante efecto produjo en Elena la voz del cazador! En Bo no se observaba el menor cambio. Únicamente volvía algo más pálida y despeinada. En cuanto vio a Elena corrió a abrazarla.