El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Aquà me tienes por fin, Elena, sana y salva. Nunca he sido más feliz en mi vida. Ya re contaré todas mis aventuras. Elena, hermana querida, ahora sà que ya no volveré a sentir la tentación de las grandes emociones.
Bo expresaba su alegrÃa con gestos y risas, pero Elena ni siquiera podÃa expresarla con palabras. Tan emocionada estaba que apenas si veÃa a Dale contemplándola con su hermana entre sus brazos; pero sintió la mano de él cuando le estrecho la suya.
—Me imagino lo que habrá sufrido usted estos dÃas.
Elena —dijo con voz grave y afectuosa—. No necesita usted decirme porque está de nuevo aquÃ, pues de sobra lo adivino.
Roy hizo entrar a todos en la casa.
—Milt, algún vecino cuidará del caballo —dijo cuando Dale se volvió hacia el fatigado y polvoriento Ranger—. ¿Dónde has dejado el puma?
—Le he hecho volver a mi campamento —respondió Dale.
—¡Cuánto necesitábamos su presencia aquÃ!, —ponderó la viuda Cass—. Todos estábamos impacientes; pero la señorita Elena no vivÃa pensando en ustedes.