El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Todo eso está muy bien, señora Cass; pero ha de saber que a Bo y a mà poco nos falta para caemos de debilidad. ¿No podrÃa usted servirnos algo de comer? —preguntó Dale con risueño acento.
—Voy a preparar la cena lo más de prisa posible ofreció la buena mujer, llena de buena voluntad.
—¿Por qué estás tú aquÃ, Elena? —preguntó Bo, suspicaz.
Por toda contestación, Elena condujo a su hermana a su habitación, cerrando la puerta tras de sÃ. Bo se fijo en el equipaje, y la expresión de su cara cambio inmediatamente.
—¡AsÃ, pues, se ha consumado ya la expoliación! —exclamó.
—¡A Dios gracias ya te tengo aquÃ! —repuso Elena—. Lo demás no importa; yo no he rezado sino para que tú volvieras.
—Mi buena hermana —exclamó Bo besándola y abrazándola—, bien sé yo lo que me quieres; pero es preciso que recuperes tu hacienda. ¿Dónde está Tom?
—Cinco dÃas hace que no se sabe nada de él. Está por esas montañas buscándote.
—¡Y han aprovechado su ausencia para despojarte de lo tuyo! —comentó la cariñosa joven.
—Efectivamente —asintió Elena.
Y en pocas palabras contó la historia de su despojo.