El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Por excepción, Elena no acudió a consolar a Bo. Un fuerte impulso de su corazón la había obligado a seguir a Dale en los pasos que éste daba tras Carmichael.
—¡Oh Dale, por favor, deténgale! —le rogó en voz baja.
Dale se paró súbitamente, como si hubiera chocado contra una barra de hierro. Al volver la cabeza, Elena estaba ya a su lado. A pesar de la oscuridad del crepúsculo bajo los melocotoneros, Elena pudo ver los ojos ávidos y centelleantes del cazador.
—Todavía no le he dado a usted las gracias por haberme traído a Bo —murmuró.
—Elena, no tiene usted que agradecerme nada. En todo caso no es ésta la mejor ocasión: ahora tengo prisa. Necesito alcanzar a ese cowboy.
—No, ahora es cuando quiero hablar con usted —murmuró acercándosele y alargando los brazos con ademán de rodearle el cuello.
Aquella acción tenía que ser su castigo por la otra vez que lo había realizado. También había de servir para expresar su agradecimiento. Pero por extraña inhibición del movimiento, sus manos se detuvieron a agarrar las solapas de la chaqueta del cazador.
—Le doy a usted las gracias con todo mi corazón —dijo con cordial acento—. Le debo a usted, por lo que ha hecho conmigo y con mi hermana, mucho más de lo que podré pagarle.