El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Elena, yo soy su amigo —repuso Dale pacÃficamente—; no me hable usted de pagos ni agradecimientos y déjeme ir inmediatamente tras Las Vegas.
—¿Para qué?, —quiso saber Elena.
—Porque quiero estar a su lado en la taberna o dondequiera que él vaya.
—No me lo diga, demasiado lo sé y lo comprendo; lo que ustedes se proponen es encontrar a Beasley.
—Elena, si me detiene usted un minuto más me será imposible encontrar a Beasley antes que Carmichael.
Elena agarró más firmemente que nunca a Dale por las solapas, acercándose a él temerosa de lo que iba a ocurrir.
—No le dejaré marchar —dijo.
Él puso sus manos fornidas sobre las de ella.
—¿Qué está usted diciendo, muchacha? No podrá usted detenerme —le dijo.
—Sà podré, Dale; yo no quiero que exponga usted su vida.
Él la miró e hizo ademán de desasirse de ella.
—Escuche, por favor, escuche —imploró Elena—. Si usted va deliberadamente a matar a Beasley y se mancha las manos con su sangre, habrá cometido un asesinato, cosa que mi religión no permite, y yo seré desgraciada toda la vida.