El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Los labios de Elena se negaron a articular el nombre de Beasley.
—Es preciso —repuso Dale, inconmovible—. Vuelve al lado de Bo y no te preocupes de recordar lo que te decÃa en los bosques.
Elena oyó sus pasos precipitados, sola en la penumbra del crepúsculo. Un frÃo intenso se apoderó de su cuerpo privándola de todo movimiento, como si se hubiera convertido en una estatua de piedra.
Transcurrieron segundos que a ella le parecieron siglos, y recuperando el uso de sus músculos locomotores, se lanzó en persecución de Dale. La verdad era que, a pesar de todo cuanto ella le habÃa dicho en la selva, a pesar del amor que él le tenÃa y de la enorme influencia que ella ejercÃa en él, Dale continuaba siendo el hombre nacido y criado en el Oeste violento y salvaje.
La oscuridad era ya muy densa, y Elena tuvo que recorrer varios metros antes de que divisara la alta y bella figura de Dale nimbada por la luz amarilla de la taberna de Turner.