El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Después de un rato, Las Vegas enfundo el revólver y continúo bebiendo, con la mirada siempre puesta en la puerta. Nadie entro ni salió. Ni los juegos, ni la bebida, hicieron renacer el júbilo. Visión siniestra y tenebrosa la de aquel tabernucho maloliente, mal iluminado, lleno de hombres de mal aspecto, con un muerto, boca arriba, cuyos ojos, desmesuradamente abiertos, imprimían al rostro inanimado una macabra expresión de terror, y un moribundo, boca abajo, en las últimas convulsiones de la agonía, y dominándolo todo la figura sombría del cowboy al lado de la botella, con los ojos y el oído puestos en la puerta, esperando a alguien que tardaba demasiado en llegar.

Mientras tanto, Carmichael bebía, sin que el vino tuviera fuerza para emborracharle. Hubiérase dicho que el fuego de su pasión destruía y neutralizaba los efectos del alcohol. Era como el combustible que necesitaba en aquel momento su ardor. A medida que pasaba el tiempo, su rostro tomaba una expresión más sombría, más torva, más encapotada, más impaciente, más premiosa. Al fin, cuando ya se convenció de que Beasley no entraría en la taberna, Las Vegas salió de aquel antro de vicio y muerte.




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