El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —He de confesarle, patrón, que me disgusta mucho verle sentado a usted en el sitio de la señorita Elena —continuó diciendo suavemente Las Vegas, mientras se servÃa con calma comida y bebida con la mano izquierda—. Durante mi vida he encontrado ciertamente muchos forajidos, muchos ladrones, muchos asesinos; pero como usted ninguno. Le voy a matar dentro de un minuto o dos, o antes si hace el menor movimiento sospechoso; espero, sin embargo, que preferirá vivir dos minutos más, lo cual me dará ocasión para decirle que es el peor de los hombres, pues además de ser malo y criminal es usted un cobarde. Yo esperaba que vendrÃa ayer noche a encontrarme; pero usted no vino y siento mucho tener que matarle, porque me da vergüenza tener que perforar la piel a un sapo, a una sabandija, a una alimaña rastrera y asquerosa.
—Carmichael, por favor —imploró la voz temblorosa y débil de Beasley—. Tienes razón; he sido un malvado; pero no me mates y te daré diez mil dólares.
La mano derecha de Carmichael comenzó a bajar lentamente en dirección del revólver.
—Doblo la cantidad —aseguró Beasley, presa de un pavor mortal—. Te ofrezco la mitad del rancho, todo mi ganado.
La mano continuaba acercándose al revólver.
—Te devolveré el rancho —vociferó enloquecido el desdichado.