El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Elena pensaba con angustia que pronto sabría con certeza si Harve Riggs la seguía o no; si pensaba seguirla hasta Magdalena tomaría, sin duda alguna, el mismo tren que ella. De pronto Bo, sin hacer caso de los prudentes consejos, asomó la cabeza por la ventanilla. La sorpresa que recibió la dejó unos instantes parada.
—¡Elena! —exclamó—, acabo de ver a Riggs; se dispone a subir a nuestro tren.
—Sí, ayer le vi —contestó Elena con tristeza.
—¿De modo que te sigue el rufián?
—No te exaltes, Bo —repuso Elena—, ya no estamos en casa y hemos de aceptar las cosas según se presenten. No te importe que Riggs nos siga, ya sabré yo defenderme de él. No le hables, no le digas una palabra.
—No lo haré si puedo evitarlo.
Unos cuantos pasajeros más subieron al tren, andrajosos, sucios, cubiertos de polvo, algunas mujeres entre ellos, también pobremente vestidas, iodos con muestras indudables de cansancio. Entre ellos muchos mejicanos. Entre voces y discusiones se colocaron y se repartieron por los sitios vacíos del vagón.