El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Cuando Milt Dale continuo su marcha por el declive, las últimas luces del radiante cielo reflejábanse en el suelo formando bellos claroscuros de amarillo y azul. Las superficies pulidas de los remansos a orillas del arroyo brillaban como espejos. Dale recorrió con su mirada el valle procurando penetrar las espesas sombras que envolvían el arroyo, tras el cual las piceas[1], con sus hojas lanceoladas, que destacaban su perfil sobre el fulgor del cielo, formaban un negro muro impenetrable a la vista humana. El viento empezó a gemir entre los árboles y mil señales de lluvia se dejaron sentir en el ambiente.

Con la noche encima y el aguacero inminente, Dale dirigió sus pasos a una vieja choza de troncos, en vez de ir a dormir a su campamento, a varias millas de distancia. Cuando llego a la choza la oscuridad era poco menos que absoluta. Se acerco con precaución, porque en aquella choza podían haber ido a buscar refugio tal vez unos indios, tal vez algún oso o algún jaguar. Por fortuna, nadie se le había anticipado todavía, y Dale tomó posesión del albergue y se puso a estudiar los síntomas del cielo. Una llovizna menuda y fina le humedeció la cara, y el hombre del bosque comprendió que llovería toda la noche abundantemente.



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