El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Al poco rato oyó el trotar de varios caballos, y en seguida atisbo algunas sombras que se movían en la proximidad. No había podido oír a los intrusos hasta tenerlos materialmente encima porque el viento se llevaba los sonidos en dirección contraria. A la proximidad a que estaban, Dale pudo comprobar que los jinetes eran cinco. Pronto oyó sus voces broncas y ásperas. Retrocedió rápidamente, tanteando con cautela para dar con una escalera que en otras ocasiones había visto abandonada por allí. La encontró y subió con su ayuda al sobradillo de la choza, quedando allí agazapado, sin moverse y sin soltar el fusil. Apenas se había acomodado lo mejor que pudo cuando oyó los pasos y las espuelas de los hombres que entraban en la cabaña.
—¡Hola, Beasley! ¿Está usted aquí? —exclamó una voz.
No hubo respuesta. El que había hecho la pregunta dio un gruñido y las espuelas volvieron a sonar.
—Amigos, Beasley no ha llegado todavía —dijo la misma voz después del gruñido—; atad los caballos y esperemos.
—¡Esperar! —rezongo uno—. ¡Quizá toda la noche y sin nada que llevar al estomago!
—¡Cierra el pico, Moze! No sirves más que para comer. A cuidar de los caballos y a traer alguna leña, eso es lo que os digo.