El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Ahora recemos —dijo Roy cerrando la Biblia y arrodillándose con los demás—. No hay más que un Dios —fueron sus palabras—, al cual yo ruego en mi sagrado ministerio bendiga desde lo alto a la pareja que yo acabo de unir, les conforte y sostenga durante toda su vida. ¡Qué bendiga los frutos de este matrimonio haciendo que los hijos sean fuertes como este hombre del bosque, y las mujeres, dulces y buenas para que puedan ser en su dÃa garantÃa de paz y de civilización en el Oeste! ¡IlumÃnalos, Señor, y protégelos en el áspero, duro y oscuro camino de la vida! ¡Señor, que tu cruz, tu pasión y tu muerte sean siempre puerto de salvación a que lleguen a través de todas las tormentas! Te lo pido por el valor de tu propia sangre preciosÃsima derramada en beneficio y provecho de todos los hombres. Amén.
Cuando el pastor volvió a ponerse en pie levantando a los recién casados, la expresión grave de su cara habÃa desaparecido. Roy volvió a ser de nuevo el joven moreno, de ojos negros, alegres y amables, de enigmática sonrisa en sus labios.
—Señora de Milt Dale —dijo estrechándole la mano—, le deseo a usted eterna felicidad, y ahora reclamo la debida recompensa por el servicio que acabo de prestarle —dijo besándola.
Después de él fue Bo la que se acerco a besar a su hermana, felicitándola con cariño y emoción. El cowboy también se le acerco diciéndole: