El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Elena, ésta es la única ocasión que tendré en la vida para besarte. Porque cuando este indio que es ahora tu marido sepa a qué saben tus besos, no me permitirá que me los des ni los recibas de mÃ, ni siquiera a tÃtulo de cuñado.
Y Las Vegas dio a Elena un beso efusivo y fraternal. Todo esto dejo a Elena confusa y feliz; comprendió lo que habÃa de pasar en aquellos momentos por el pecho de Dale, porque sus ojos reflejaban la felicidad con que veÃan el precioso tesoro que era ya de su propiedad.
Cuando terminaron la suculenta y alegre cena, Roy manifestó su intención de partir en aquel mismo instante. Fueron inútiles los ruegos para que desistiera de su propósito. Se limito a escucharlos sonriendo y sin dejar de ensillar su caballo.
—Roy, quédese usted —suplicó Elena—, es casi de noche y está usted muy cansado.
—De ningún modo me gusta ser el tercero al lado de una feliz pareja.
—Pero aquà no somos dos, sino cuatro.
—Sois dos parejas, que es lo mismo. Señora Dale, no olvide usted que yo me he casado varias veces.
Elena quedo convencida con la fuerza del argumento.
Las Vegas se retorcÃa de risa; Dale no sabÃa qué pensar.