El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Roy, no me extraña que tenga tantas mujeres siendo tan simpático —dijo Bo, con maliciosa mirada—. ¿Sabe usted que si yo no me hubiese enamorado de Tom, es muy posible que me hubiera enamorado de usted? ¿Qué número me habría correspondido entre todas leas mujeres?

Siempre era Bo la que tenía que dejar corrido a alguien. Roy se quedó sin poder contestar y muy embarazado viendo la risa que la graciosa salida de Bo había despertado en los demás. No se atrevió a mirarles hasta que hubo montado.

—¡Adiós, amigos míos! —dijo Roy entonces desapareciendo entre las piteas.

Bo y Las Vegas olvidaron a Roy, a Dale y a Elena, las faenas que el campamento reclamaba y todo cuanto no fuera ellos mismos. El primer deber que Elena quiso cumplir como esposa fue ayudar a su marido a recoger la vajilla después de la suculenta cena. En esta operación estaban cuando oyeron la voz con que Roy se despidió de ellos desde la oscuridad. Fue un grito sonoro y cordial que repercutió en el aire, rompiendo el majestuoso silencio de la noche y repitiéndose con débiles ecos de pendiente en pendiente y de barranco en barranco.

Dale no se atrevió a turbar el delicioso silencio de la noche con otro grito, dejando incontestada la cordial despedida de su amigo.


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