El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—¿Echas algo de menos, Elena? —preguntó Dale.

—No, nada —contestó ella—; soy la mujer más feliz del mundo; nunca me atreví a pedir a Dios en mis oraciones tanta felicidad como me ha dado.

—No me refiero a personas o cosas, sino a mis animales.

—¡Oh, los había olvidado! ¿En dónde están? —¡Quién sabe dónde estarán por esas selvas! Han tenido que abandonar el campamento para alimentarse durante mi ausencia, que ha sido larga.

En aquel mismo momento rasgó el silencio de la noche un alarido penetrante, angustioso, como el de una mujer en terrible agonía.

—Ése es Tom —exclamó Dale.

—¡Oh, me había asustado! —murmuró Elena.

Bo llegó en aquel momento corriendo, con Las Vegas a sus talones.

—Milt, ése ha sido el puma —exclamó—. Nunca lo olvidare, hasta en sueños oiré siempre ese alarido. Llámale, por favor.

Dale llamó al puma; pero el felino no acudió a la llamada. El cazador volvió a llamarle desde diferentes sitios de la selva, pero todo fue inútil; el puma contestaba con nuevos y más frecuentes alaridos extraños en su significación, pero sin dejarse ver.


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