El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque ¡Cuánto complacía a Elena el conocimiento que Dale tenía de la Naturaleza! Pensando en ello, su imaginación parecía tener alas. ¡Cuán fundadas eran su confianza y su felicidad al pensar que su amor y su porvenir, sus hijos y quizá sus nietos, todo había de quedar bajo la égida y protección de tal hombre! Apenas comenzaba ella a entender entonces los secretos del bien y el mal en relación con las leyes de la Naturaleza. Muchos siglos antes, los hombres habían vivido sobre el haz de la tierra como entes de la selva, habitando en las concavidades de las rocas, buscando su alimento en los frutos silvestres, en las bestias que caían a su alcance y en los nidos de los árboles, aguantando la lluvia, sufriendo los rigores del frío y del calor, la escarcha, el sol, la noche, la tormenta y la calma, libando el néctar de las flores, como las abejas, y disfrutando de la belleza de la selva en sus múltiples formas de vida con sus inescrutables designios. Conocer algo de ellos y amarlos era acercarse al reino de la Tierra y quizá más aún al reino de los Cielos. Porque todo cuanto respiraba y se movía era una parte de la Creación. El arrullo de la tórtola, los líquenes en las peñas musgosas, e tétrico y luctuoso aullido del lobo, el murmullo de la cascada, las altas y majestuosas copas de las piceas, el trueno en las alturas, todo eso tenía que estar regido por el Gran Espíritu, por el Ser inmenso y único que gobernaba el Universo y que había creado al hombre y al espíritu humano.