El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Y allí, a la luz de las estrellas, bajo los retorcidos pinos, suspirando quedamente palabras de amor que el viento acompañaba por las soledades de la selva, Elena se sentó al lado de Dale en la vieja piedra que un alud había lanzado allí desde los picachos más altos, hacía millones de años, para que pudiera servir algún día de lecho nupcial a los enamorados que desearan celebrar sus bodas en plena Naturaleza, embriagados con la fragancia de las piteas mezclada con el acre olor del humo desprendido de una hoguera de troncos resinosos. ¡Cuán claras las estrellas y cuánta serenidad en el cielo! Un coyote aulló a lo lejos en la noche oscura. Una roca desprendida rodó de barranco en barranco hasta la profundidad de los abismos insondables. El viento gemía suavemente. Elena sentía toda la tristeza y misterio y nobleza de aquella soledad selvática, y su corazón le decía que algún día en el mundo bajo de las sociedades humanas todo llegaría a regirse de acuerdo con las leyes más sabias e inmutables de la Naturaleza.

—Elena, he de convertir estas selvas en una granja —dijo Dale—; de este modo nos pertenecerán y serán nuestras.

—¿En una granja? ¿Nuestras? ¿Qué quieres decir? —murmuró Elena.

—El Gobierno cederá tierras inroturadas en propiedad a los hombres que las cultiven —explicó Dale—. Construiremos aquí una habitación para nosotros.


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