El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Y vendremos frecuentemente a pasar largas temporadas en estos parajes —exclamó Elena con entusiasmo.
Dale le dio entonces los primeros besos puros y serenos como su misma vida, besos que tuvieron el poder de inundar su pecho de la inefable alegrÃa del momento, haciéndola, enmudecer.
La risa argentina de Bo y su voz chancera y juguetona se oyó en el silencio de la noche, y en seguida resonaron los reproches de su marido invitándola a no turbar la quietud de aquellas horas nocturnales.
Las selvas volvÃan a acoger propiciamente un nuevo idilio. Todo parecÃa invitar al amor en aquellas soledades. Elena oyó el murmullo del viento en los pinos, la vieja historia eternamente renovada y eternamente bella. Se estremeció hasta lo más profundo de su ser. Las puntiagudas piteas erguÃanse rectas y majestuosas señalando el cielo. Toda la inmensa soledad respiraba y aguardaba cargada con su secreto, pronta a revelarse al corazón trémulo y anhelante de la enamorada.