El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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El valle de Río Grande se extendía a su vista, verde y sonriente; las oscuras montañas estrechábanse hacia donde el río serpenteaba bajo un sol de fuego. Bo no sabía cómo expresar el entusiasmo que le producía la vista de un panorama maravilloso y espléndido en donde los mejicanitos, desnudos, salían retozones de sus casas de adobe para ver pasar el tren llenos de curiosidad. Los indios, los caballos salvajes y particularmente un grupo de cowboys, despertó en ella el interés. A Elena le faltaban ojos para mirar todo lo que Bo le señalaba, pero lo que más le gustaba era el verde y sonriente valle tan dilatado, tan grande y tan prometedor para ella como si su inmensidad fuera un avance de futuras felicidades. Nunca había experimentado los pensamientos que embargaban su pecho en aquel momento, nunca se hubiera imaginado que la tierra pudiera ser tan acogedora. El sol dejaba caer sus rayos de fuego según pudo comprobar cuando saco una mano por la ventanilla. Un viento huracanado levantaba nubes densísimas de polvo. Elena comprendió en seguida toda la fuerza que habrían de tener en la vida del Oeste aquellos tres terribles factores de la Naturaleza: el sol, el viento y el polvo. Sin embargo, se sentía atraída por ellos. Estaba delante de la vida salvaje, hermosa, solitaria, y sintió la atracción de la selva, del misterio, de las aventuras. La contemplación de aquella naturaleza agreste y feraz le despertaba los mismos sentimientos que habían llevado a su tío a establecerse en el extremo Occidente. Puesto que debía heredar su rancho, necesitaba heredar primero su espíritu.


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