El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Su espíritu observador advirtió pronto que el color amarillento de la tierra y las rocas se trocaba insensiblemente en rojo oscuro, lo que indicaba la proximidad de Arizona. Arizona, la agreste, la desierta, la rojiza, la grande meseta de Arizona, con sus caudalosos ríos, sus grandes bosques, sus caballos salvajes, sus cowboys, sus bandidos, sus lobos y sus felinos. Desde niña, Arizona había despertado en ella una curiosidad y un deseo enormes de conocer los misterios de aquel país ignoto y despoblado. ¡Qué lástima que hubiese nacido mujer con la debilidad inherente a su sexo! ¡Cuánto hubiera deseado en aquel momento haber nacido hombre para arrojarse con valor e intrepidez en busca de lo desconocido! Contemplando el paisaje, soñando y pensando, pasaron las horas insensiblemente. De tarde en tarde el tren se paraba delante de pequeñas estaciones de ladrillo, en donde no había sino algunos mejicanos perezosos, mucho polvo y mucho calor. Bo se despertó y se puso pronto a rebuscar en la cesta de la merienda. El guardafrenos les dijo que faltaban solamente dos estaciones para llegar a Magdalena. ¿Quién les aguardaría allí? ¿Qué sorpresa les esperaba? Imposible prever lo que había de sucederles. Riggs pasó dos veces por delante de ellas mirándolas con mirada y sonrisa irónicas. Pero Elena no hizo de él el menor caso. Aquel hombre para ella no era un hombre. ¿Qué tenía ella que temer, ni qué podía él hacerle sino molestarla hasta llegar a Pine? Su tío iría a encontrarla o enviaría alguien a recogerla a Snowdrop, localidad que Elena sabía perfectamente estaba aún distante de Magdalena. Este camino, que Elena tenía que hacer en una diligencia, era la parte del viaje más temida por la joven.


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