El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Oh, Elena —exclamó Bo, entusiasmada—, ya nos acercamos! El guardafrenos ha dicho que no falta más que una estación.
—No sé si con la diligencia tendremos que viajar de noche —dijo Elena, pensativa.
—Seguramente —respondió la intrépida Bo.
El tren seguÃa marchando con una velocidad pasmosa; el sol teñÃa de color las cúspides de los montes mejicanos. Magdalena estaba ya a la vista. A Elena le latÃa el corazón con fuerza inusitada. El viaje en ferrocarril tocaba a su término. El tren modero su marcha; varios chiquillos se precipitaron corriendo seguidos de algunos mejicanos. Elena ayudó a Bo a ponerse el sombrero tratando de disimular el temblor de sus manos. En el vagón todos los viajeros hablaban y se movÃan preparando el equipaje para descender del tren.
El tren se detuvo. Elena se fijo en un grupo de mejicanos y de indios inmóviles y estólidos, como si ni el tren, ni nada en el mundo les interesara. Vio también con cierta satisfacción a un hombre blanco junto a los indios, alto y fornido; por su traje de gamuza y por el fusil que sostenÃa en la mano, Elena comprendió que debÃa ser un cazador.