El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Allà nadie ayudó a las viajeras a transportar los equipajes. Elena rogó a Bo que se encargara de algunos bultos. Asà cargadas las dos hermanas abandonaron con bastante dificultad el tren. Apenas hubo puesto Elena el pie en el andén cuando una mano vigorosa se apoderó de su valija al mismo tiempo que una voz varonil decÃa:
—Señoritas, han llegado ustedes al salvaje Oeste.
Era Riggs quien hablaba y quien se habÃa apoderado de la parte del equipaje con un gesto y un tono más propio para impresionar que para demostrar los buenos deseos que pudieran animarle. Con la emoción de la llegada, Elena se habÃa olvidado de él. Al verle de nuevo ante ella a punto estuvo de desfallecer; pero se rehÃzo pronto y dijo:
—Señor Riggs, suelte usted mi valija; yo la llevaré.
—No, esta valija pesa demasiado para usted; coja usted algunos los bultos que lleva su hermanita —dijo en tono que intentaba ser familiar.
—Yo quiero mi valija —insistió Elena, con voz tranquila y firme al propio tiempo que adelantaba la mano para apoderarse de ella y quitársela a Riggs.
—Déjese de bromas, Elena —exclamó Riggs negándose a soltarla.
