El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Las palabras de Joe eran amables y persuasivas, mas a Elena le parecieron tan siniestras como una amenaza a su propia vida. No ignoraba que la vida en el Oeste se vende muy barata, pero era un conocimiento teórico y nunca se había encontrado aún en una situación que le demostrara la verdad de la terrible reputación del país en donde tenía que fijar su residencia. Aquel hombre joven y optimista hablaba de los acontecimientos que podían terminar en derramamiento de sangre con una frialdad y una indiferencia pasmosa. No podía tolerar el derramamiento de sangre, ni siquiera en el pensamiento. Elena comprendió que en aquel país se había de ver rodeada de instintos y pasiones indómitas que al chocar unas con otras constituirían una grave amenaza y un peligro para ella.
—Usted, Joe, alcáncenos la cesta de la merienda, la más pequeña, la que tiene las bebidas —dijo Dale disponiéndose a ayudarle.
Y a continuación metió en la diligencia una cesta pequeña cubierta con un trapo, diciendo:
—Coman ustedes a su sabor, y que les aproveche.
—Gracias, pero nuestra cesta está todavía casi llena —repuso Elena.