El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Qué tonta, cuánta tonterÃa has dicho, Bo! ¿Será posible que no experimentes el menor temor?
—Si he de confesarte la verdad, tengo un miedo que no me deja vivir, pero si las muchachas del Oeste saben resistir valientemente estas cosas, yo no quiero ser menos, no quiero dejarme achicar por ellas.
Estas palabras le hicieron comprender a Elena que a su vez no tenÃa que dejarse superar en ánimo y valor por su hermana y sintió vergüenza de su debilidad.
—Ha sido una merced del cielo, Bo —dijo Elena—, que tú me acompañaras. Comeré si te empeñas.
Y como si estas palabras hubieran tenido la virtud de abrirle el apetito, sintió en seguida verdaderas ganas de comer. Mientras comÃa, miraban a uno y otro lado del coche. Por las ventanas sin cristal entraba el aire frÃo de la noche. HacÃa buen rato que se habÃa puesto el sol. Hacia el Oeste veÃase todavÃa, sin embargo, sobre la lÃnea oscura del horizonte, el dorado y resplandeciente suelo con tonalidades gualdas y azules. La tierra aparecÃa dilatada y queda como un mar en calma. Las estrellas pálidas todavÃa y escasas, empezaban a brillar en la bóveda celeste. La brisa estaba llena de fragancia y perfumes nuevos para Elena.
—Acabo de oÃr un aullido —dijo Bo, de pronto, escuchando con la cabeza erguida y el oÃdo atento.