El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Pero Elena no oyó sino las pisadas de los caballos, los crujidos del coche y el ruido de los arreos y atelajes. De vez en cuando, algún siseo de los hombres en el pescante.
Cuando las jóvenes terminaron su cena, era ya noche cerrada.
Bien arrimadas la una a la otra se cubrieron con una manta y se pusieron a hablar en voz baja. Elena estaba poco locuaz. No así su hermana, siempre aficionada a la conversación.
—No las tengo todas conmigo, hermana —dijo—. ¿Dónde estaremos ahora? Esos hombres que están en el pescante son mormones que se entienden para raptamos.
—Dale no es mormón —replicó Elena.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he adivinado por el modo como habla de sus amigos.
—Tal vez tengas razón, pero yo desearía que no estuviese tan oscuro. A mí no me asusta nada de día, pero de noche tengo miedo. ¿No es verdad, Elena, que este cazador es muy guapo? ¿Cómo se llama? Milt Dale, ¿no es eso? Dice que vive en los bosques. Si no estuviese ya enamorada del primer cowboy que he visto, ahora me enamoraría de él.
Después de un intervalo de silencio, Bo exclamó de repente:
—¿Estará siguiéndonos ahora Harve Riggs?